¿Puede una historia inspirarnos a cumplir hasta la más pequeña de las normas?
Tercer reto de storytelling corporativo:
Incentivar que los empleados de una empresa cumplan con las normas de convivencia que plantea la compañía. El protagonista tiene que ser cartero/a.
“No recordamos los hechos, recordamos las contradicciones humanas.”
Disclaimer
Esta historia forma parte de un ejercicio de ficción. Cualquier parecido con la realidad es… cosa del storytelling.
La historia
Y mientras todo su entorno comenzaba a estabilizarse —comprando su nueva casa, organizando una gran boda o trayendo al mundo un nuevo bebé—, Violeta seguía otro camino: el de sus impulsos.
En Macondo Solutions se sentía realizada como desarrolladora web y disfrutaba de un ambiente inmejorable, pero había algo que le faltaba… Una noche, haciendo scroll infinito en Egogram, le apareció el típico anuncio que promete cambiarte la vida:
“Convierte tu propósito en ingresos. Vive de tu talento. Impacta al mundo.”
Aquel cóctel perfecto —un vídeo de 45 minutos, una landing hipnótica y un precio mágico de 3.997€— hizo su efecto. Un irrefrenable deseo de aportar más al mundo, o al menos de darle otro sentido a su trabajo, se apoderó de ella.
Pero el curso estaba muy lejos de sus posibilidades. Necesitaba un ingreso extra. —¿Qué podría hacer…? —se preguntaba. Porque, aunque su expertise era el universo online, no quería sumar más horas frente a una pantalla.
Un rato después, bajó a tirar la basura. A la vuelta, se detuvo a hablar con el portero.
— Sebastián, ¿qué tal?
— ¡Violeta! Un poco cansado, esta mañana hubo jaleo en Correos por una huelga de transportistas, y nos ha trastocado todas las rutas.
Sebastián trabajaba por la mañana como cartero en Correos y por las tardes cubría el turno de la noche en la urbanización.
A Violeta se le encendió la bombilla:
— Sebastián, ¿qué hay que hacer para ser cartero?
— Ja, ja, ja. ¿Estás pensando en ser cartera? Pues mira, justo ahora han salido unas oposiciones. Y con lo espabilada que eres, seguro que entrarías.
No hizo falta decir mucho más. Aquella conversación plantó una semilla.
No era solo por el ingreso extra. Era por todo lo que imaginaba: calles abiertas, rutinas en movimiento, salud sin gimnasio, conexión con personas... Un trabajo que la sacara, literalmente, de su caja de píxeles.
Pidió en su empresa que la cambiaran al departamento de LATAM para cuadrar los horarios, y se puso a estudiar con disciplina. Meses después, tras superar las pruebas, ya vestía de azul marino y amarillo, repartiendo correspondencia cada mañana por las calles de San Agustín de Guadalix.
Había sido todo un acierto. Ese nuevo comienzo la llenaba de pura vida. En poco tiempo, ya conocía a los vecinos de la zona y se sentía parte de otra gran familia. Y no era de extrañar: Violeta era cercana, cariñosa, y siempre tenía gestos amables, tanto con los de toda la vida como con quienes acababa de conocer.
Tenía un vínculo entrañable con Doña Pilar, la vecina de la Calle de los Geranios nº 74. Cuando había correspondencia para ella, solía dejarla para el final. Se liaban a hablar hasta que un rugido en el estómago de Violeta interrumpía la conversación. Alguna que otra vez, estos momentos de entretenido diálogo la hacían llegar tarde a su trabajo de la tarde.
En una de esas jornadas, Doña Pilar estaba intentando hacer una reserva con su móvil, pero le estaba resultando complicado.
— Violeta, cariño, ¿me puedes mirar esto? Es que estoy intentando reservar una casa rural, pero no sé si tiene el ambiente que me gusta. No estoy segura de si la web está bien o si soy yo. —Doña Pilar había perdido la vista años atrás.
— ¡Claro, Doña Pilar! No quiero parecer indiscreta, pero… si no puedes ver los muebles, ¿en qué te basas al elegir una estancia?
— Ay, mi niña, pues aunque no los vea, sí que los siento. No es lo mismo una casa con muebles de madera y una chimenea que una con paredes frías y suelo de mármol. El ambiente se respira… se oye… hasta se huele. Antes de ir, quiero asegurarme de que es un lugar íntimo y acogedor.
Violeta tomó el móvil de Doña Pilar mientras el VoiceOver —la aplicación que ayuda a las personas con ceguera a leer el contenido de las páginas web— dictaba en voz alta lo que debía describir la imagen de la casa rural:
“IMG0959.jpg”
—¡Madre mía! —exclamó Violeta, dándose cuenta de que las fotos no tenían ninguna descripción. Ningún texto alternativo. Solo nombres de archivo.
Ese momento la marcó como desarrolladora web.
**
En Macondo Solutions, seguían estándares muy rigurosos en la producción de páginas web. En cuanto a accesibilidad web, el aspecto que garantiza que una página pueda ser utilizada por personas como Pilar, la empresa seguía trabajando para implementar nuevas medidas que hicieran sus productos aún más inclusivos.
Pero ya se sabe que, en grandes compañías con tantos departamentos implicados, la toma de decisiones y la implementación de nuevos estándares requieren su tiempo.
Violeta, aún conmovida por su experiencia con Pilar y sabiendo ahora que, en una ciudad como Madrid más de 130.000 personas tienen discapacidad visual —y que miles de ellas no pueden ver en absoluto— sintió que tenía que hacer algo, aunque eso significara saltarse los procedimientos actuales. ¡Eso es como si toda la población de Parla tuviera discapacidad visual!
Si la web más simple de una casa rural podía tener cerca de 100 fotos, nombrar cada una con el nivel de detalle necesario para que Pilar pudiera percibir la atmósfera de un lugar sería un trabajo sumamente laborioso.
Decidida a encontrar una solución, Violeta se puso a investigar cómo automatizar el proceso con inteligencia artificial. En pocos días, logró avances: ya podía generar descripciones con rapidez usando ChatGPT, y empezó a implementarlas en los proyectos web que le asignaban.
Unas semanas más tarde, durante una revisión previa al lanzamiento, su manager le propuso hablar un momento.
— Violeta, está muy bien que tomes iniciativa. Y percibo tus nobles intereses, pero hay unos procesos que todos debemos seguir.
Le explicó que un equipo de siete personas ya estaba trabajando en la nueva normativa de accesibilidad, y que las medidas saldrían pronto.
— Si te interesa tanto este tema, puedes presentarte a las pruebas internas del equipo. Pero no puedes ir por libre… El mundo no lo cambias sola.
Violeta se quedó en silencio. Aunque entendía el razonamiento, algo dentro de ella se encogió. —Estoy tocando solo un punto… ¿de verdad es para tanto? —pensó. Se acordó de Pilar. De aquel encuentro en el alféizar… ¿Qué debía hacer? ¿Escuchar a su manager o escuchar a Pilar? Han dicho “unas semanas”, pero… ¿y si son meses? Son solo unas descripciones de fotos. No creo que me puedan echar por eso. Y está haciendo bien a mucha gente, se decía.
Por más que intentaba pasar página, con esa justificación en la cabeza, no podía dejarlo pasar. Lo de las pruebas internas le llamaba la atención, pero con los dos trabajos ni siquiera podía planteárselo con el ritmo que llevaba. Tal vez, si encontraba una vía propia mientras tanto… Así que siguió investigando.
Su objetivo era conseguir que las descripciones se generaran con un solo clic, sin tener que copiarlas y pegarlas una a una. Pero el código no respondía. Se atascó. Probó combinaciones, nuevos scripts… Nada. Por primera vez desde que empezó, sintió que no podía avanzar sola.
— ¡Manuel! Cuánto tiempo, ¿cómo vas?
— ¡Vaiolet! Aquí liado con una entrega de última hora. ¿Y tú?
— ¡Muy bien! Entretenida con la herramienta de Google que me comentaste para ejecutar código en Python.
— ¿Y qué tal? ¿Has sacado algo?
— Estoy en ello, pero hay una cosilla que no consigo.
— Cuéntame, a ver si te puedo ayudar.
— ¡Seguro que sí! En las últimas webs había empezado a nombrar las fotos según su contenido usando ChatGPT. Ahora estaba intentando que, en lugar de copiar y pegar descripciones, se hiciera con un solo clic.
—¡Qué bueno! Pero… ¿ya han dicho algo de implementar los nuevos estándares de accesibilidad? —preguntó Manuel con genuino interés.
—No… 😅 Es que, jo… me da reparo pensar que una web pueda ser técnicamente accesible y, aun así, no transmitir del todo lo que de verdad ayuda a imaginar el lugar.
**
Y de nuevo ¡ZAS! Ahí estaban de nuevo: los benditos procesos. Como un recordatorio constante de que cambiar las cosas no es solo cuestión de voluntad. Aquella pregunta de Manuel sobre los estándares aún no implementados siguió resonando en la cabeza de Violeta el resto del día, hasta que otra voz, que parecía venir de algún rincón remoto de su propia conciencia, interrumpió el bucle:
“¿Pero tú quién te crees? ¿Qué vas… de lista?”
Tantas horas de música de activación de la glándula pineal en YouTube parecían haber tenido su efecto, porque a aquella voz, que sonó como un látigo acusador, le siguió una cálida y expansiva ola de humildad.
Se le venía a la mente la imagen de Manuel: con el doble de años de experiencia en la empresa, el triple de inquietud por hacer cosas y el cuádruple de conocimiento en desarrollo. Y ahí estaba él, siguiendo las normas con disciplina. Sin cuestionarlas a cada minuto. Sin intentar "corregir" el sistema.
Aquella noche, Violeta cayó rendida al sueño. A la mañana siguiente, sentada de nuevo frente a su portátil y sus dos pantallas, veía las normas con una nueva perspectiva. Como si ya no fueran solo un conjunto de reglas arbitrarias.
Esa mañana no las obedecía por obligación ni por miedo a la desaprobación. Lo hacía porque, más que nunca, sentía que formaba parte de algo más grande que ella misma.
Con esa claridad, tomó una decisión. Dejaría el reparto de cartas y se prepararía para las pruebas de acceso al equipo de accesibilidad. No quería ir sola. Quería ir más lejos.
Tal vez no necesitaba un curso de 3.997€ para tener impacto en el mundo. Solo una razón que diera sentido a lo que hacía. Y una historia que la tocara de verdad.
Sí, algunas normas podían mejorarse, pero ya no se trataba de eso. Cumplirlas era un acto de respeto hacia todo el equipo.
Desde entonces, para Violeta, las normas se convirtieron en un pacto silencioso. Una forma de decir: "Estamos juntos en esto".
FIN.
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