Cómo aprendí a sentarme bien con una historia.
Primer reto de storytelling corporativo:
Transformar la siguiente imagen de prevención en riesgos laborales, en una historia que enseñe a sentarnos correctamente en el trabajo. Sin mencionar números ni datos técnicos y que el mensaje no solo se entienda, sino que se recuerde.

“Toda historia comienza con un personaje que quiere algo y tiene dificultades para conseguirlo.”
La historia
Cuando Minerva tiene migrañas, la oficina lo sabe. Apenas habla, no hace bromas y cuando ríe, no lo hace a carcajadas.
En uno de esos días de dolor, tomando un descanso a media mañana con su compañero Jesús, éste le recomienda su fisio. Es osteópata, es el fisio del equipo de fútbol del Getafe y, encima, para lo bueno que es, está tirado de precio.
Minerva ya había probado ir al fisio, pero Jesús insistió tanto con su famoso “mago de la punción seca” que, aunque le quedaba a 27 minutos en coche según Google Maps, terminó yendo.
Semanas más tarde, vuelve a coincidir con Jesús en el office:
— Minerva ¿Cómo vas? ¿Llegaste a ir al fisio que te recomendé?
— Ey Jesús, sí. La verdad es que algo de mejora sí he notado. He vuelto a coger otro bono, pero jolin, no quiero depender siempre del fisio.
Paula, que estaba esperando también en la cola de la máquina del café, se mete en la conversación sin pensarlo:
— Minerva tía, estoy contigo en lo de no depender del fisio. Yo andaba igual con la espalda. Empecé a hacer Yoga y me siento fenomenal. Mira, te paso por WhatsApp el contacto, que además pilla muy cerquita de la ofi.
Minerva, con tal de poner solución a sus migrañas, prueba una clase y decide finalmente apuntarse. No cree que la causa de sus dolores sea el estrés, pero sí le estaba empezando a estresar tener dolor de cabeza cada dos por tres.
20 de mayo, 10:25 de la mañana. Por fin ha llegado el día de la ansiada cita de la resonancia magnética para descartar cualquier anomalía. Mientras esperaba su turno con la mirada perdida, nota algo. Al girarse, una anciana de pelo blanco la estaba mirando fijamente, sin disimulo.
— Niña, ¿qué te sucede?
— Uff, que tengo muchos dolores de cabeza desde la pandemia. Estoy harta de que me digan siempre que es por estrés.
— ¿Estrés?
— Sí, pero todo lo contrario. Estoy más relajada porque ahora teletrabajamos media semana y me ahorro casi dos horas entre ir y venir de la oficina. No sé, he llegado a pensar que esto viene de las vacunas… ¡Qué dineral llevo probando de todo!
— Querida, cuando llegues a casa haz el Test de los Ángulos Rectos.
— ¿El qué?
— Olvídate del nombre. Siéntate en tu espacio de trabajo y comprueba estas 3 cosas. La primera es, que una vez sentada, veas que todos los ángulos de tus articulaciones estén en ángulo recto: tobillo, rodillas, cadera, codos, hombros a cuello… Si cualquier ángulo está por debajo, deja de seguir tirando el dinero y buscando explicaciones complejas. La segunda es que extiendas uno de tus brazos hacia la pantalla y quede totalmente recto. Si no te cabe el brazo en ese espacio, aleja la pantalla hasta que así sea. La última es que el borde superior de tu pantalla, quede en línea con tus ojos… Articulaciones. Distancia. Mirada.
Un piip suena en la sala y todos los pacientes miran a la pantalla: Turno 47, sala 2. Minerva pasa a la consulta con un punto de escepticismo, procesando lo que acaba de escuchar.
Al salir de la prueba, apenas unos minutos después, aquella mujer ya no estaba. Dudó si esperar por si seguía en consulta, pero recordó lo que le había dicho y se apresuró a llegar a casa.
Nada más llegar, se sienta en su silla blanca, apoya los brazos sobre su moderno escritorio de haya y empieza a escanear su cuerpo. Cuando llega a los hombros y ve su reflejo en la pantalla apagada, sus ojos se abren de golpe:
— ¡Ah! ¡¿Pero qué médico, qué fisio, qué yoga… ni qué flores de Bach?!
FIN.
Comentarios